martes 31 de julio de 2007

Purification


Quemo papeles y hago una gran hogera de retazos de vida. Las instruciones dicen todo aquello que no se ha tocado en uno o dos años, así que la tarea es ardua, la casa grande favorece el almacenamiento compulsivo, y no uno no dos, sino hasta treinta años de papeles acaparados. Hay cosas que no puedo eliminar, como el "Teobaldín" censurado que me sacó de mi inocencia en el primer año de instituto, cuando creía en la libertad sin ira y en la de expresión. Y un par de poemas "de juventud", lo único que guardo de todo lo escrito pese a que el tiempo no los ha mejorado. Los papeles arden con facilidad, lo malo de los blogs es que aunque uno los condene nunca se está seguro de si lo ha borrado o solo lo ha desplazado de dimensión en el ciberespacio. Me entretengo revisando recuerdos de comunión, dibujos y textos regalados de los que no ubico ni el autor ni la circunstancia, tarjetas de visitas imposibles... La hogera metafórica (en realidad su destino es el contenedor municipal de papel y cartón después de hacerlo picadillos), devora apuntes que estudié, oposiciones que no gané, cursos que pretendí, información de sectores laborales que nunca más serán, pero por si acaso, papeles de mi vida, mi vida en papeles.

La ropa de Mi-E, como la de los difuntos. Guardo dos trajes completos buenos en el armario del desván y el resto lo separo en dos montones, el del contenedor de Humana y el insalvable. Las camisetas de algodón son las mejores gamuzas para los cristales.