Una vez más el aeropuerto, detesto esos viajes “de negocios” en compañías Low-cost, siempre demasiado rápidos, siempre a ciudades tan serias como Bruselas o Milán, donde uno no imagina que pueda pasar nada, la aventura. Pero siempre una esperanza, un juego de azar, pensar que un día conoceré a alguien especial en uno de estos trayectos, nos sentaremos juntos, empezaremos comentando nuestras respectivas lecturas, y nos embarcaremos en otro viaje de más larga duración, de esos que no tienen retorno.
La cola de embarque invariablemente homogénea, mayoría de caballeros con traje oscuro y maletín con ruedas, algunas corbatas, la mayoría apuestos, destilando after-shave de sus rostros concentrados. Ningún Indiana Jones de mis sueños, pero un traje gris es siempre un misterio, al fin y al cabo yo también llevo traje sastre en estas ocasiones. Miro mi boleto de la suerte, 24-D, pasillo, y una vez más repaso los premios, descartando mentalmente casados, estresados, extremadamente obesos, extremadamente maduros, extremadamente tiburones jóvenes, y especialmente los que esgrimen el portátil como una prolongación de sus miembros, de sus vidas, extremadamente predecibles. Esos, definitivamente, son los que menos me interesan. También cabe la posibilidad de que me corresponda extremadamente extranjero de forma que no podamos encontrar ni idioma ni lugar común para establecer contacto, o mujer, o niño, pero en este tipo de vuelos la probabilidad es escasa.
El grupo no sale mal parado, me permite mantener la ilusión y en mis labios asoma una sonrisa que nadie interpreta.
Cuando entro ya están casi todos instalados, casi siempre accedo al avión entre los últimos, me permite alargar la emoción del juego. Estiro la mirada hacia la fila 24 mientras aprieto esperanzada mi boleto de la suerte, el trozo de tarjeta que me devolvió la azafata, mi número de la fortuna. Hoy puede ser el día, me aproximo con el corazón latiendo más deprisa de lo normal y una tímida sonrisa, dispuesta a detectar si utilizo el Bondía, Bonjour, Goodmorning, Bongiorno, o simple y llanamente un castizo Buenosdías o un sencillo “Hola”, más efectivo con mis compatriotas, una mala elección puede frustrar toda esperanza de embarcarse en una conversación si mi compañero de viaje duda poder ser comprendido. Y en ese momento cuando llega el horror, no me equivoco, libre el asiento 24-E, me topo en el 24-F con un rostro de ratón de ojos vidriosos y dientes irregulares, descamisado y sudoroso, pequeño, despeinado, casado o estresado sin duda, sin mas encanto que la leve inclinación de cabeza con que me recibe cuando me instalo a su lado. No juzgo nacionalidad, no me entretiene. Él abre su portátil, yo mi novela, y sumerjo mi nariz en la lectura hasta que, dos horas más tarde, la azafata y el golpe del compartimento de las ruedas nos comunican el aterrizaje inminente.
Pienso en el viaje de vuelta, otro número, otra ilusión, otra emoción, una vida llena de oportunidades, y vuelvo a sonreír.